sábado, 24 de enero de 2015

Groudon, el Rey de los Continentes



Una voz susurraba a lo lejos. Groudon abrió lentamente los ojos y se fijó en esa figura tan brillante y maravillosa que bien podría ser un Dios. Le dijo unas pocas palabras y desapareció. Miró a su alrededor y entonces vio el mar de lava que se extendía hasta dónde alcanzaba la vista. Con sus grandes patas avanzaba a gran velocidad. Para él toda esa lava no era más que un suave líquido espeso que le rozaba el cuerpo hasta la cintura. Su cuerpo era mucho más caliente que la propia tierra fundida. Tras horas caminando por aquel mar rojo no había encontrado más que lava. 

Finalmente vio un pilar de rocas en el cuál relucía algo brillante, del color del magma, tan brillante que casi se podía confundir con una estrella. Se dirigió hacia el pilar y cuando estuvo arriba vio una gema no más grande que sus ojos. Se acercó hasta a ella cuando empezó a brillar aún más, a la vez que sentía que una gran fuerza se liberaba en su interior. Sintió como si ardiera, los símbolos de su cuerpo empezaron a derretirse hasta convertirse en el mismo magma que le rodeaba. Notó como sus huesos y músculos empezaban a crecer, el suelo cada vez estaba más lejos y el mundo empezaba a volverse de un rojo brillante. Groudon perdió el control. Tenía tanto poder en su interior que no era capaz de controlarlo.

Groudon golpeó la tierra que tenía debajo los pies con toda su furia y partió el pilar por la mitad. Empezó a andar con su pesado cuerpo, cada paso que daba hacía que se hundiera más en el mar rojo. Groudon se concentró para reunir toda su fuerza para dar un golpe que hizo temblar todo el planeta. Fue entonces cuando el magma empezó a solidificarse y a la vez empezaron a estallar volcanes por todo el mundo. A medida que la lava de los volcanes iba cobrando terreno y a su vez solidificándose, se fueron creando miles y miles de kilómetros de tierra sólida.

Hectáreas de tierra se expandieron por todo el planeta. Desde altas montañas a suaves llanuras. Había metales, gemas y minerales. Hectáreas completamente de oro o diamante se expandían por todo el mundo. Pero pese a toda la tierra sólida que se expandió en tan solo un par de días, las temperaturas seguían siendo desproporcionalmente elevadas. Groudon seguía solo en el mundo, pues tales temperaturas hacían que nada pudiera cobrar vida, ni plantas ni pokémon.

Pasaron los meses y Groudon seguía expandiendo la tierra por el planeta, cuando divisó la misma luz brillante que vio el día de su nacimiento. Estaba a cientos de kilómetros de distancia pero aun así podía verla pues era más brillante que el mismo sol. Tras horas de caminar llegó y aunque la luz ya había desaparecido hace horas, lo supo al ver ese mar de agua que terminaba más allá de dónde le alcanzaba la vista.

Una ola gigante se abalanzó contra Groudon de repente, no movió ni un músculo y en cuanto el agua le cayó encima se evaporó antes de tocarlo. Pues con su habilidad el agua se evaporaba al instante, de hecho, la costa ya empezaba a hervir y a soltar vapor. A lo lejos, dentro del agua se vio a un pokémon azul mucho más grande que Groudon. Agitó una de sus enormes aletas para provocar otra ola gigante, la cual volvió a evaporarse. Se oyó un grito de Kyogre seguido de una luz azulada y cegadora. Empezó a llover con mucha fuerza, tanta fuerza que parecía que vaciaran un océano encima de la Tierra. Pero a la vez, hacía un sol cegador que evaporaba el agua. Toda esa mezcla de climas hizo que el mundo se volviera loco, y los mares y continentes aparecían y desaparecían rápidamente.

Groudon estuvo días combatiendo contra su archienemigo. Pero los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Parecía que esa lucha era eterna,  Groudon no parecía nada cansado y Kyogre más de lo mismo. Con esa batalla devastadora no parecía que hubiera manera de que el mundo estuviera en paz. Hasta que un día una luz brillante del cielo descendió, parecía una estrella cayendo del cielo.

Tras unos minutos el meteorito estalló contra la Tierra, el golpe hizo temblar toda el planeta. Un Pokémon apareció de dónde cayó el meteorito, era verde y alargado y parecía tener unas cintas naranjas que le colgaban de los cuernos y la mandíbula. Rayquaza, enfurecido se acercó a los Pokémon enfrentados y con su habilidad amainó las tormentas y las sequías. Una ráfaga de viento rodeó a los Pokémon que volvieron a sus formas originales. Ambos Pokémon sometidos ante tal poder se vieron obligados a retroceder y se alejaron.

Kyogre se hundió en el agua mientras Groudon se dirigía a uno de los volcanes más cercanos, subió por la ladera y se sumergió dentro de la lava del volcán, cerró los ojos y se sumió en un sueño profundo que se mantuvo hasta millones de años después.

martes, 6 de enero de 2015

El Bulbasaur Explorador II


Imagen sacada de: http://all0412.deviantart.com/
Primera Parte: El Bulbasaur Explorador I

Todo estaba oscuro, hacía días que no comía y no paraba de rugirle el estómago. Cayó un rayo bastante cerca y Bulbasaur se asustó. Estaba acostumbrado a oír truenos, había vivido en un gran árbol junto a sus hermanos y los rayos siempre caían en él. Pero esta vez estaba totalmente solo, y hacía ya dos noches que no paraba de llover. No había podido salir de la cueva que había encontrado dado que llovía con tanta fuerza que era imposible ver nada, y menos de noche.

Bulbasaur había encontrado esa cueva hacía ya tiempo, entraba para dormir y salía para buscar comida, pero en cuanto empezó a llover tuvo que quedarse dentro. Y lo peor es que cada vez hacía más frío, dentro de nada empezaría a caer las primeras nevadas y como no encontrara un lugar mejor que ese moriría de frío. Casi todos los pokémon del tipo planta era débiles a los cambios de temperaturas, una temporada con un calor demasiado fuerte podría secarlos y si hacía demasiado frío se congelarían en poco tiempo. Bulbasaur se levantó poco a poco e hizo ademán de adentrarse más en la cueva. Era una cueva profunda, tanto que Bulbasaur no era capaza de ver el final, hasta ahora no se había adentrado mucho porque había oído unos ruidos raros en el fondo de la cueva. Pero estaba hambriento y no parecía que fuera a parar de llover en breve. Así que con el estómago vacío y el corazón latiendo a toda velocidad fue hacia adentrándose dentro de la cueva. Estuvo un rato caminando sin ver nada, pero sus ojos se empezaron a adaptar a la oscuridad y empezó a ver formas; piedras brillantes que sobresalían de las paredes, raíces de árboles en el techo, pero nada raro. Siguió caminando, como no había nada Bulbasaur se fue tranquilizando y con las ganas de saber qué es lo que encontraría se olvidó del hambre que tenía.

Entonces se oyó un golpe en el fondo de la cueva, Bulbasaur se paró en seco y su corazón volvió a acelerarse. No movió ni un músculo y agudizando el oído solo consiguió oír los latidos de corazón. Al poco rato se dio cuenta que había estado aguantando el aliento, aspiró poquito a poco y empezó a andar de nuevo. Se volvió a oír el golpe. — ¿Quién anda ahí? — preguntó Bulbasaur. — Sé que estás a-ahí, n-no me das mi-miedo—. A medida que iba hablando se ponía más nervioso y empezó a balbucear. Se volvió a oír el golpe, esta vez más fuerte. Bulbasaur consiguió identificar el sonido, eran pasos. Bulbasaur retrocedió con los ojos como platos, intentando ver en la oscuridad.

Sin necesidad de agudizar más la vista, aparecieron siete ojos anaranjados que brillaban como el sol al ponerse. Parecían pertenecer al mismo individuo dado que estaba juntos, tres en vertical, uno en medio, y otros tres más. Tras esos ojos había una enorme figura, robusta y que se movía lentamente, parecía roca. Bulbasaur no había nada similar en toda su vida, y aun así tampoco parecía muy amistoso. Sabía que no podría salir corriendo hacia fuera, lo más probable es que se acabara perdiendo en el bosque por culpa de la intensa lluvia, así que cerró los ojos, se tranquilizó y los volvió a abrir.

La enorme figura seguía avanzando hacia él, Bulbasaur empezó a correr en su dirección y vio como levantaba patosamente uno de sus brazos. Apretó los dientes y corrió tan deprisa como pudo. Estaba tan cerca del individuo que casi podía tocarlo entonces lanzó su látigos entre las piernas del individuo, se agarró a una roca y se deslizó entre ellas. Estaba a la espalda de esa bestia cuando se dio cuenta que había sido una estupidez, ni siquiera sabía si esa cueva tendría salida por el otro lado, pero ahora no podía hacer otra cosa que correr.

Empezó a correr entre la oscuridad, no veía nada más que rocas y más rocas pero siguió corriendo porque oyó pasos acelerados a sus espaldas. Entonces llegó a una bifurcación, sin pensárselo dos veces fue hacia la izquierda. Esa cueva parecía un laberinto porque empezaron a aparecer caminos por todos lados, Bulbasaur siempre elegía el camino de la izquierda, aunque no sabía muy bien porque. Seguía corriendo cuando de repente recordó a sus hermanos, solían perseguirse unos a otros para jugar, se levantaban por los aires con sus látigos y se lanzaban semillas a la cara. Aunque a veces se metieran con él, echaba de menos a sus hermanos, y a su madre más que a ninguno. Se dio cuenta de que le caía una lágrima y sacudió la cabeza. Unos zubat salieron de entre la oscuridad y empezaron a volar, lo habría despertado, aun así ni se molestaron en acercarse a él. Bulbasaur cada vez estaba más cansado y noto que le faltaba el aliento. Paró al lado de una raíz grande que salía de la pared para descansar, miró hacia atrás pero no vio nada más que oscuridad, volvió la vista hacia delante y tampoco veía nada. Se tumbó en el suelo y se dio cuenta que ahí dentro, por lo menos no hacía tanto frío.

Al cabo de un rato se levantó y se acordó del hambre que tenía, seguía sin haber comido nada y además había hecho muchos esfuerzos, se tumbó en el suelo y cerró los ojos para soñar con su familia. Pasadas unas horas un ruido lo despertó, había parecido un trueno. Eso significaba que, o estaba cerca de alguna salida o la cueva no era muy profunda y el rayo había caído cerca. Siguió caminando para encontrar la salida, caminó tanto que perdió la cuenta del rato que llevaba caminando, por lo menos ningún otro pokémon, o lo que fuera eso, lo había molestado más. Y entonces vió una luz, corrió hacia ella y vio una salida al exterior, se acercó a ella y se quedó impactado. No podía creerse lo que estaba viendo.

sábado, 25 de octubre de 2014

Perdido en las Montañas II


Para @SrPICHAku

La lluvia caía suave y cálida. Medicham miraba fijamente a su adversario, Axew a su lado no se atrevía a pestañear por si se perdía algo. De repente cayó un rayo a lo lejos, lo que hizo sobresaltar a su compañero, aunque Medicham no se había dado ni cuenta. Se abalanzó sobre su oponente a mucha velocidad y asestó un puñetazo del que salieron chispas. El rival cayó al suelo y Medicham aprovechó para cogerlo, lanzarlo por los aires y asestarle otro golpe, esta vez había saltado por encima de su oponente y le había dado una patada que lo hizo volver al suelo con fuerza. Medicham cayó con suavidad sobre sus pies. Se acercó y devolvió el muñeco a su posición.

Puño trueno y Patada salto alto. —Dijo Medicham, pero Axew la miró extrañado sin decir nada —Son los movimientos que he usado—. Dijo ella, devolviendo la mirada a Axew. —Sé que son movimientos que no puedes usar pero quédate con la estrategia. Tú y yo somos Pokémon muy diferentes Axew, puedo enseñarte a luchar, pero tienes que buscar tu propio estilo de combate—. Axew se quedó mirando al muñeco que hizo Medicham con un tronco de un árbol—. Lo... entiendo. Tengo que ser rápido, atacar antes de que se dé cuenta y rematar en el aire —. Medicham sonrió y cogió al muñeco. —Volvamos, estamos empapados.

Una vez en la cueva Medicham y Axew juntaron unas ramas y con pedernal encendieron una pequeña hoguera para calentarse. Hacía unas cuantas semanas que Medicham había acogido a Axew pero seguía sin saber nada de él, a su parecer ni el pequeño dragón lo sabía. Había intentado todo lo posible para que recuperara la memoria pero no tuvo éxito. Aun así, por algún motivo Medicham confiaba en él, quizá era demasiado confiada últimamente, pero no podía dejar a ese pequeño abandonado. Aún tenían de caer las hojas de los árboles pero pronto empezaría la época fría. Y con lo sensibles que son los dragones al frío no sobreviviría ni una quincena.

— ¿Crees que va a dejar de llover pronto? —Preguntó Axew mientras acercaba las patas delanteras a la hoguera. —Nunca me ha gustado la lluvia, hace frío y no se puede estar en el exterior —. Medicham notó tristeza en la voz de Axew, pero ella sabía que no estaba así por la lluvia, tenía que distraerlo. — ¿Te he contado alguna vez mi expedición a las cataratas que hay al oeste? —Axew negó con la cabeza y se apoyó en una roca mirándola con interés.

—Aún era un Meditite para aquel entonces —. Empezó Medicham. — Era una inexperta en todo, no tenía ni idea de defenderme ni de qué tenía que hacer para sobrevivir. Ni siquiera sabía usar mis poderes psíquicos correctamente. Pero era muy curiosa y una vez escuché a un par de Pokémon hablando sobre una cueva misteriosa detrás de unas cataratas. No sabía qué había pero tenía tanta curiosidad que tuve que ir. Así que a la mañana siguiente me dirigí hacia allí, el camino fue largo, aunque por suerte no me encontré con ningún Pokémon agresivo, ese bosque era bastante tranquilo en aquella época. La mayoría de Pokémon voladores habían emigrado más al sur porque empezaba a hacer frío, como ahora, y otros como Ursaring ya estaban hibernando.

Cuando llegué a las cataratas, no sabía qué hacer, eran tan altas y el agua caía con tanta fuerza… Tenía miedo de que me hiciera daño atravesándolas. Así que me senté en una roca delante del agua e intenté pensar una forma de entrar. Ni siquiera sabía si había una cueva de verdad, podría estar a punto de arriesgar mi vida por nada. Hasta que decidí que tenía que saberlo. Tenía que saber si había algo ahí atrás y si lo había, tenía que ver lo que era. Así que me levanté, cogí carrerilla y empecé a correr hacia las cataratas. Cada paso que daba hacía que tuviera más miedo, estaba aterrada pero no podía parar. Y justo al final de la roca cerré los ojos y salté.

Axew tragó saliva y se quedó mirando a Medicham expectante. — ¿Y qué pasó? ¿Había una cueva? — Medicham sonrió y continuó contando la historia. — ¿Tú qué crees? Si hubiese habido una pared de rocas lo más probable es que ahora no estuviera aquí. Sí… había una cueva, pero no una cueva cualquiera. Era la cueva más bonita que había visto nunca, el techo era tan alto como la cascada, el río pasaba por encima de la cueva así que caían algunas gotas del techo. Con el paso del tiempo toda esa agua se había juntado para formar un pequeño lago dentro de la cueva. Un lago que brillaba con todos los colores del arcoíris porque cuando el sol estaba es la posición correcta, la luz traspasaba el agua que hacía de puerta y creaba un arcoíris que pasaba por toda la cueva. Dentro no había más que el sonido del agua cayendo. Ahí es dónde me di cuenta de que quería ser mejor, para poder explorar muchos más lugares como ese. Me pasé días y días, incluso meses entrenando en esa cueva, practiqué mis poderes tanto psíquicos como físicos.

Hasta que un día fui lo suficiente fuerte como para evolucionar. Pero era tal la belleza de ese lugar que no quería irme y eso empezaba a ser un problema. Así que un día, me convencí y le dije adiós para no volver. Me sentía afortunada de haber presenciado ese sitio pero hay muchos más sitios que quiero descubrir. —Medicham se quedó mirando las brasas que quedaban en la hoguera, melancólica. —Decidido. —Dijo Axew a la vez que se levantaba —. Voy a acompañarte, yo también quiero ver estos sitios tan maravillosos, además tú me puedes enseñar a luchar, hasta ahora has sido una gran maestra. —Medicham se quedó desconcertada —. Pensaba que querías recuperar la memoria Axew, aunque como quieras. Será un placer tenerte de compañero. —Axew sonrió alegremente y se dirigió a la salida de la cueva —. Yo… no es que me importe recuperar la memoria, ahora yo estoy feliz contigo, y presiento que vamos a ser buenos amigos. Además no sabemos cómo podría recuperar la memoria. Es mejor no preocuparse por eso ahora. — Medicham sonrió y se puso a su lado —. Ya está parando de llover.

viernes, 3 de octubre de 2014

El Oscuro Viajero


Imagen sacada de http://all0412.deviantart.com/

Vuela —. Susurró el hombre viejo, mientras lo lanzaba por los aires. Murkrow batió las alas y empezó a volar entre la oscuridad. La noche era oscura, no se veían las estrellas aunque la luna estaba enorme. Pero Murkrow tenía muy buena vista, sobretodo en la oscuridad. El bosque del norte estaba como siempre, silencioso y tranquilo, aún así alzó el vuelo para pasar por encima de los árboles, el hombre viejo le había dado de comer antes de despedirlo, por lo que no tendría que cazar. Observó el bosque desde arriba maravillado, no sabía por qué pero le fascinaba. Por muchas veces que lo viera, ese bosque tenía un encanto especial.

Rápidamente encontró una corriente de aire caliente, se metió en ella y se dejó llevar. Esa noche era más fría que las demás, tuvo mucha suerte. Gracias a la corriente Murkrow volaba mucho más rápido y sin ni siquiera esforzarse. No tardaría mucho en llegar al castillo del norte esa noche, a no ser que se pusiera a llover. El cielo tenía alguna nube pero el aire era seco, ni siquiera había niebla, no parecía que tuviera que llover en mucho tiempo. Entonces Murkrow se fijó que a lo lejos había una sombra con alas que se acercaba a mucha velocidad. No parecía que fuera por casualidad que la sombra se dirigiera directamente a él. Murkrow ya estaba acostumbrado, a esas horas habían muchos Zubat revoloteando por el bosque y siempre había alguno más valiente que se atrevía a atacarlo.
Ilustración propia

La silueta del pokémon cada vez era más grande y estaba más cerca. Murkrow salió de la corriente de aire y dejó de avanzar para situarse a la misma altura del otro pokémon. Para entonces ya tenía al otro pokémon encima, Murkrow hizo un gesto para esquivar el golpe y se giró para lanzarse hacia él para azotarle con el ala dura como el acero, pero falló. La nube que hasta ese momento había estado ocultando la luna decidió moverse y con la luz lunar pudo ver al enemigo, no era un Zubat, sino un Golbat. No sabía si iba a estar preparado para luchar contra un Pokémon como ese. Él había sido entrenado para viajar de un castillo a otro para entregar mensajes, no para luchar, aun así a veces era necesario.

Los Pokémon estaban a unos metros de distancia uno del otro, y a bastantes más del suelo. Ambos se quedaron mirando los ojos del rival hasta que Golbat gritó de una forma que hizo que Murkrow se estremeciera, pero si no aprovechaba ese momento podría perder. Así que voló directo hacia el Pokémon enemigo y le asestó un golpe con el pico, esta vez no falló y el golpe hizo que Golbat se balanceara. El enemigo enfurecido atacó con las fauces tan abiertas que daban miedo, pero Murkrow dejó de batir las alas y cayó, esquivando el ataque. Ahora que lo tenía encima tal vez parecía que tenía desventaja pero aprovechó cuando se abalanzó sobre él para esquivarlo por el lado y desgarrar una de sus alas con las garras.

Golbat parecía agotado, el golpe que le había dado con el pico había sido más potente de lo que le había parecido. Pero entonces Murkrow sintió como unos colmillos se le hundían en la carne del cuello. Se giró y vio que había otro Pokémon, otro Golbat, de sus colmillos afilados no goteaba su sangre sino un líquido morado. "Veneno." Pensó. Murkrow empezó a marearse y a sentirse más débil. La sangre le hervía en las venas y parecía que la cabeza le tuviera que explotar. En ese estado no podía seguir luchando.

Entonces la vio. Una pequeña luz naranja parpadeaba al otro lado del bosque. Tenía que ser el castillo, parecía que con la corriente a su favor había avanzado mucho más rápido de lo que pensaba. Pero una ala le falló y Murkrow empezó a caer, con las fuerzas que le quedaban se agarró de la rama de un árbol. —Tengo que llegar al castillo como sea, de lo contrario estoy muerto —. Oyó otro grito estremecedor y miró hacia arriba, había tres Zubat a parte de los Golbat de antes, y todos se dirigían hacia él.

Murkrow batió las alas pero cuando estaba a unos metros volvió a caer. El veneno le debilitaba mucho y no parecía que pudiera volar. Así que volvió a posarse en la rama y con las fuerzas que le quedaban saltó de rama en rama impulsándose con las alas. No había rastro de los Pokémon salvajes, quizá no les gustara entrar en el bosque. Aprovechándose de eso siguió saltando. A lo lejos vio un Hoothoot, aunque no parecía agresivo, tan solo estaba en un agujero de un árbol observando todo lo que ocurría con sus enormes ojos.

Finalmente llegó al final del bosque, solo quedaban unos pocos metros para llegar al castillo, aunque la torre dónde tenía que ir era la más alta. Ahí parado lo único que conseguiría era morir envenenado, así que cerró los ojos, respiró hondo y empezó a batir las alas. Un calambre le recorrió el muslo, pero siguió batiendo las alas, ahí ya no había árboles y estaba a una altura lo suficientemente alta para quitarse la vida en caso de que cayera. Le dio otro calambre y ahora ya no solo la pata, sino todo el cuerpo le dolía, cada segundo era un infierno y el castillo parecía no llegar nunca.

Tras unos dolorosos minutos finalmente llegó al castillo, se puso en la ventana y gritó varias veces. Pasaron uno minutos pero no contestaba nadie, y Murkrow cada vez tenía la vista más borrosa. Ahí no había nadie más que unos Murkrow y Pidove durmiendo y el dolor era insoportable. Murkrow ya agotado y dolorido no pudo aguantar más así que se dejó caer al suelo. Pocos segundos después se abrió la puerta y entró alguien en la torre, lo último que oyó antes de desmayarse fue: “...veneno... espero poder salvarlo...”

lunes, 18 de agosto de 2014

Perdido en las Montañas I



La cueva estaba muy oscura, Axew no veía nada y se intentó levantar. Un calambre que le recorrió la pierna hizo que cayera de rodillas. Cerró los ojos y lo volvió a intentar, esta vez sujetándose contra la roca. Le dolía todo el cuerpo, pero no recordaba nada. “¿Qué ha pasado?” se preguntó, “¿Qué es esta cueva? ¿Y por qué me duele todo el cuerpo?”. Axew no recordaba nada, era como si le hubieran borrado la memoria, y tal vez lo hubieran hecho. Agarrándose bien a la roca, caminó hacia el exterior de la cueva. Cada paso que daba era como si le clavaran un millar de agujas ardientes. Después de lo que le pareció un interminable camino llego al exterior y se dejó caer al suelo. 

Alzó la vista hacia el cielo. Era de noche, las estrellas brillaban y no había ni una sola nube. La luna estaba más hermosa que nunca, redonda y brillante, parecía un ojo que le observaba desde el infinito. —Qué bonito —dijo en voz alta, si hablaba en voz alta no se sentía tan solo. Al bajar la vista vio todas las heridas que tenía, no lo había visto hasta ahora, dentro de la cueva estaba demasiado oscuro. Tenía un corte que parecía bastante profundo en la pierna, le dolía con solo mirarlo, aunque la sangre de la herida ya se había secado. Tenía un moratón en la cara, no se lo había visto, pero notaba el dolor con sólo tocarlo. También le dolía el estómago, aunque no sabía si le dolía más del golpe o del hambre que tenía. 

Ahora que la vista se había acostumbrado a la oscuridad de la noche empezaba a ver formas, y lo que vio fue un árbol de bayas. Se levantó con todas sus fuerzas para ir hacia allí pero otro calambre le recorrió la pierna y cayó. Esta vez no tuvo fuerzas para parar la caída y se dio un golpe contra el suelo, se quedó sin fuerzas, así que cerró los ojos y se durmió al instante. 

Soñó que le salían unas alas azules como el cielo matutino. Y volaba. Se alzaba en el aire hasta dónde vivían las nubes, y más lejos aún, se acercó tanto a la luna que la podía acariciar con la mano. Pero quería seguir volando, más allá donde tan solo las estrellas lo podían ver. Se sentía libre, podía ir dónde quisiera. Pero de repente las alas desaparecieron. Y cayó, vio las estrellas que cada vez se hacían más pequeñas, la luna volvía a tener el tamaño de una baya y el suelo cada vez estaba más cerca. —Axew —. Una voz le llamó una y otra vez. —Axew —. La oía tan cerca que parecía que la voz la tuviera dentro de la cabeza. Pero seguía cayendo. —Axew —seguía repitiendo. Cuando ya solo faltaban unos pocos pies para llegar al suelo cerró los ojos. Y se despertó. 

Volvía a estar dentro de la cueva, aunque la luz del amanecer empezaba a iluminarla. Estaba sudando, seguramente por culpa de la pesadilla. Se puso de pie, las piernas ya no le dolían tanto como antes. Entonces se fijó en ella. Una sombra estaba a su lado, flotando con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Axew se acercó. —P-Perdona —. Los ojos del Pokémon se abrieron de par en par y cayó al suelo. Axew se sobresaltó y cuando intentó apartarse también cayó. El Pokémon desconocido se levantó con agilidad y le tendió la mano a Axew. Con cierta desconfianza, Axew también le ofreció la suya y se levantó con su ayuda. —Me llamo Medicham, y tú eres Axew, ¿verdad? Te he oído decirlo en sueños—. Axew asintió. —Perdona si te he asustado, hace unos días te encontré inconsciente y tenías heridas muy graves, no sé mucho sobre heridas pero hice lo que pude para parar la hemorragia. ¿Qué te ocurrió? —. Axew no entendía nada, y pensar en ello le daba dolor de cabeza, tenía demasiada hambre para ponerse a pensar en todo aquello. —No... No lo recuerdo —. Acto seguido, Axew cayó de bruces al suelo. Medicham lo sostuvo como pudo. —¡Oye! ¿Estás bien? Debes de tener hambre, espera, te traeré algo de comida. Medicham se fue corriendo. 

Ilustración de @JoffreyLann

Unos minutos después Medicham volvió, aunque a Axew le habían parecido horas. Venía cargada de bayas, debían de ser del árbol que vio la noche anterior. Se las dejó en el suelo y se sentó a su lado. Axew cogió una y fue a abrirla con su colmillo izquierdo pero se dio cuenta de que lo tenía roto. Eso no le preocupaba, a los de su especie cuando se les rompía un colmillo les volvía a salir en poco tiempo, es más, volvía a salir más fuerte y resistente. Al final abrió la baya con el otro colmillo, que aún estaba entero. Cuando finalmente dio el primer mordisco notó el sabor dulce de la baya, debía de ser una baya zidra, normalmente eran más duras por lo que esas debían de ser bastante maduras. Mejor, Axew no estaba del todo recuperado y no podría hacer muchos más esfuerzos. 

Sin darse cuenta se comió todas y cada una de las bayas, hasta Medicham se quedó impresionado de que un Pokémon tan pequeño como Axew se hubiera comido tal cantidad de bayas. Pero él estaba feliz, se había llenado hasta arriba y además ya se sentía mucho mejor. Aunque... —Perdona si insisto Axew, pero tengo curiosidad, ¿qué te ocurrió para que acabaras tan malherido? —Aun que quisiera no podría decírselo. No recordaba nada de nada, ni siquiera dónde vivía, si tenía familia o amigos... Aunque por algún motivo sí recordaba su nombre. —No... No lo sé. No me acuerdo, lo he olvidado todo —. Medicham hizo una mueca a la vez que juntaba unas cuantas ramas que había traído junto con las bayas —. No te preocupes, quédate conmigo en estas montañas durante un tiempo, hasta que recuperes la memoria y descubramos quién eres y que te pasó —. Axew asintió con una sonrisa apenada.